No basta un documento para aprender a aprender

No basta un documento para aprender a aprender

La propuesta de aprender a aprender está presente en el mundo y en México desde la década de 1970, durante la primera onda de reformas mundiales de la última generación del siglo XX. Sin embargo, los resultados, en la mayoría de los casos, el de México incluido, han sido insignificantes. El autor explica por qué.

 

En mi libro La escuela rota expongo una breve reseña de las reformas educativas recientes en México y de la retórica sobre el “ahora sí, estas transformaciones o revoluciones, por fin nos sacarán a México y a los mexicanos de los bajos resultados educativos”.

En su columna editorial del 15 de marzo del rotativo Reforma, Sergio Sarmiento hace una pequeña relatoría de reformas educativas en México que no prosperaron. Reforma no es sinónimo de cambio; es, más bien, intención de cambio; pero para que el cambio deseado ocurra, algo mucho más profundo que una propuesta tiene que ocurrir.

Los resultados educativos de México y los mexicanos, ya sea medidos por indicadores de pruebas estandarizadas, como PISA o Planea (antes Enlace), o por indicadores de desarrollo social como transparencia, criminalidad, desconfianza, progreso social, gobierno, gobernanza, competitividad, protección ambiental o bienestar en general, no son halagüeños. Ninguno de estos indicadores tiene detrás ciencia estricta, pero todos indican lo mismo: bajos, estancados y hasta decrecientes resultados. Por lo tanto, “cuando el río suena agua lleva”.

No toda la culpa es del gobierno, por lo menos no del actual gobierno. Muchos de nuestros problemas son resultado de una sucesión interminable de malos gobiernos (incluyendo a los tres poderes de la Unión —Legislativo, Ejecutivo y Judicial— y a los tres niveles de gobierno —federal, estatal y municipal—), pero también provienen de razones históricas y culturales incrustadas en los hábitos de la población y las familias. “Pasarla bien”, “luego lo vemos”, “no hagas hoy lo que puedes hacer mañana”, “tele en lugar de libro”, “tolerancia en lugar de respeto”, “disfrute en lugar de trabajo”, “rezo en lugar de esfuerzo”, “ándele, no sea malito”, “para los tacos”, etcétera, han cultivado una cultura, como la documento en mi libro La cultura del aprendizaje, que hacen prácticamente imposible salir de la trampa del antiaprendizaje.

 

El “Modelo educativo para la educación obligatoria: educar para la libertad y la creatividad”, presentado por el gobierno federal el 13 de marzo, “plantea un cambio pedagógico para que los niños aprendan a aprender, para la libertad y la creatividad”1 y es algo ambicioso.

La propuesta de aprender a aprender está presente en el mundo y en México desde la década de 1970, durante la primera onda de reformas mundiales de la última generación del siglo XX. Los sistemas educativos desde esos años han sido sometidos a fuertes reformas; sin embargo, los resultados, en la mayoría de los casos, el de México incluido, han sido insignificantes.

¿Qué no hemos aprendido? Bueno, no aprendimos que el aprendizaje es algo que ocurre en la intimidad del hogar, del aula y de las relaciones de la calle, y no algo que ocurre en los documentos, por buenos que sean. Un documento no cambia una cultura. Las acciones cambian culturas.

El rosario de reformas curriculares de la era Fox y de la era Calderón no cambiaron las cosas. No aprendimos. La nueva propuesta curricular no cambiará las cosas. No tanto porque los documentos en sí no sean técnicamente buenos y retóricamente sabios, sino porque, como dicen en inglés, “they miss the point”.

¿Qué necesitamos antes de reformar los currículos escolares? Me parece que son muchas páginas para expresar una idea sencilla. Tantas páginas hacen que las ideas se repitan, que los maestros no las lean y que las buenas intenciones se diluyan en un océano de palabras.

La nueva propuesta curricular, como las anteriores de Calderón y de Fox, no solucionarán el problema de la calidad de la educación. ¿Por qué? Por dos razones: la primera, porque no se atienden los problemas estructurales que obstaculizan el aprendizaje antes de que los niños lleguen a la escuela: pobreza, desigualdad, segregación y corrupción; la segunda, porque no existen los cuerpos —docente, directivo o de autoridad— actualizados en el tema del aprendizaje para que le den vida y viabilidad a una reforma curricular basada en el aprendizaje.

En el mundo puramente educativo, antes de reformar los currículos de la educación de niños y jóvenes se deben reformar los currículos y los proyectos de carrera profesional de maestros, directivos y autoridades educativas. Necesitamos un cuerpo docente preparado para el mundo del aprendizaje del siglo XXI antes de reformar los currículos de los estudiantes. Lo que sucederá, como ocurrió con la reforma curricular de 2011, es que los maestros que implementarán el nuevo currículo, pero entrenados para la era de la enseñanza, en lugar del aprendizaje, harán lo mismo que han hecho siempre, aunque le llamarán de manera diferente. Así sucedió con las competencias.

El currículo sigue siendo muy centralista. La Secretaría de Educación Pública (SEP) es la pedagoga, cuando los pedagogos en realidad deben ser los maestros. Una institución no puede ser pedagoga.

Me gusta el lenguaje del aprendizaje y de los ambientes de aprendizaje por doquier; también me gusta el énfasis en el desarrollo de habilidades socioafectivas o socioemocionales. Asimismo, me parece adecuado que se den tiempo para implementarlo, aunque un año, en realidad, es poco tiempo.

Creo que es buena idea el aumento de la flexibilidad, aunque hay que considerar que la mayoría de los sistemas educativos del mundo no tiene tanta flexibilidad en el mapa o la tira curricular. De hecho, los finlandeses, que acaban de realizar una reforma integral a todos sus currículos, han reducido la flexibilidad curricular. Con todo, insisto, se debió haber empezado con la reforma a los currículos de formación docente.

Necesitamos una reforma educativa de segunda generación. ¿Cuál es esa? La que reconoce que la superación de la pobreza, y no la mejora pedagógica, nos sacará más rápido de la deficiencia educativa; la que reconoce que "la fuerza de la cultura en el hogar es superior a la fuerza de la pedagogía en la escuela"; la que está de acuerdo en que la esencia del cambio educativo en la escuela es el maestro y no el currículo ni los materiales. Primero es la calidad del maestro y luego la calidad de planes y programas de estudio. Donde hay un buen maestro no importa el currículo. Un excelente currículo sin un buen maestro no hará la diferencia. Por supuesto que un buen maestro y un buen currículo es la mejor combinación. Pero se debe empezar por el primero y no por el segundo. Por cierto, evaluar al maestro formado para la enseñanza no ayudará a mejorar la calidad del maestro para el aprendizaje.

Me preocupa que este tipo de anuncios pedagógicos tengan que ser presentados con envoltura política. La verdadera educación ocurre en el hogar, en la escuela y en la calle.

Me preocupa también que este cambio curricular ocurra en la transición política federal del próximo año. Tendremos qué ver qué sucede. Todo es política.

Me gusta ver a la SEP activa e interesada en el tema y trabajando por mejorar la educación. Hay mucha gente muy bien intencionada y muy buena tanto en la SEP como en el seno de las autoridades educativas locales y en las escuelas. Pero, insisto, las buenas intenciones no son suficientes; necesitamos muchas cosas más.

 

Notas

* Doctor en ciencia política del Colegio de Boston.

1 SEP, http://www.gob.mx/sep, 13 de marzo de 2017.

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